No seas vana, alma mía, no dejes que el oído de tu corazón quede sordo con el ruido de tu vanidad.
Oye también tú.
La misma Palabra dice a voces que vuelvas y que el lugar de reposo imperturbable se encuentra donde no se pierde el amor si no se le abandona.
Mira aquellas cosas pasan para que otras ocupen su lugar y este universo de aquí abajo conste de todas sus partes.
<<¿Acaso me retiro yo a algún lugar?>>, dice la Palabra de Dios.
Fija allí tu morada.
Confía allí lo de que allí te viene, alma mía, cansada ya de los engaños.
Encomienda a la verdad, lo que te viene de la verdad, y no perderás nada, antes al contrario, florecerán tus cosas marchitas y se curarán todas tus enfermedades.
Tus partes debilitadas se renovarán y formarán una unidad contigo.
No te harán bajar a donde ellas bajan, sino que estarán contigo y permanecerán junto a Dios, que vive y permanece para siempre.
Confesiones de San Agustín Libro VI, Cap. XI N°16
