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lunes, 23 de julio de 2012

Oye también tú.


No seas vana, alma mía, no dejes que el oído de tu corazón quede sordo con el ruido de tu vanidad.
Oye también tú.
La misma Palabra dice a voces que vuelvas y que el lugar de reposo imperturbable se encuentra donde no se pierde el amor si no se le abandona.
Mira aquellas cosas pasan para que otras ocupen su lugar y este universo de aquí abajo conste de todas sus partes.
<<¿Acaso me retiro yo a algún lugar?>>, dice la Palabra de Dios.
Fija allí tu morada.  
Confía allí lo de que allí te viene, alma mía, cansada ya de los engaños.
Encomienda a la verdad, lo que te viene de la verdad, y no perderás nada, antes al contrario, florecerán tus cosas marchitas y se curarán todas tus enfermedades.
Tus partes debilitadas se renovarán y formarán una unidad contigo.
No te harán bajar a donde ellas bajan, sino que estarán contigo y permanecerán junto a Dios, que vive y permanece para siempre.

Confesiones de San Agustín Libro VI, Cap. XI N°16 

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