miércoles, 3 de agosto de 2011

Una reflexión.

  
LAS CUATRO COSAS QUE NUNCA SE RECUPERAN


Una chica estaba esperando su vuelo en un gran aeropuerto.

Como tenía mucho tiempo decidió comprar un libro y un paquete de galletas, para descansar y leer en alguna sala del aeropuerto.

Se acababa de sentar cuando también lo hizo un hombre, dejando un asiento de por medio, que abrió una revista y empezó a leer; quedando entre ellos el paquete de galletas.

Cuando ella tomó la primera galleta, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada, pero no dijo nada; aunque pensó: "¡Qué descarado, que ganas me dan de darle un golpe para que le escarmiente!".

Pero la cosa no quedó ahí. Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre también tomaba una. Aquello la iba indignando tanto que no conseguía concentrarse ni reaccionar.

Cuando quedaba sólo una galleta, pensó: "¿qué hará ahora este cara dura?". Y entonces el hombre, que pareció adivinarle el pensamiento, dividió la última galleta y dejó una mitad para ella.
¡Ah, no! ... aquello ya era demasiado y se puso a bufar de rabia; por lo que cerró su libro, recogió sus cosas y salió disparada hacia su sector de embarque.

Una vez en el avión y más calmada, al mirar dentro de su bolso se quedó de piedra: ¡Allí estaba su paquete de galletas. . .intacto! ¡Qué vergüenza!

Sólo entonces se dio cuenta de su despiste y del juicio injusto que había hecho sobre un comportamiento generoso.

En efecto, el hombre había compartido sus galletas sin sentirse indignado, ni nervioso o alterado, y ya no había posibilidad de pedirle disculpas; pero sí de razonar: ¿Cuántas veces sacamos conclusiones apresuradas en nuestra vida, cuando debiéramos observar mejor? ¿A cuántas personas encasillamos en estereotipos, sin darles tiempo a explicar lo que quieren decir? ¿Cuántas oportunidades perdemos de quedar mejor?

En ese momento se le vino a la cabeza un consejo que le dio su ya fallecida abuela: Recuerda siempre que existen cuatro cosas en la vida que nunca se recuperan:

              1. Una piedra, después de haberla lanzado.
              2. Una palabra, después de decirla.
              3. Una oportunidad, después de haberla perdido.
              4. Y el tiempo, una vez que ha pasado.

Fuente:  

martes, 2 de agosto de 2011

Humildad.



LETANIAS DE LA HUMILDAD

        - Jesús, manso y humilde de Corazón. Óyeme.
        - Del deseo de ser lisonjeado. Líbrame, Jesús.
        - Del deseo de ser alabado. Líbrame, Jesús.
        - Del deseo de ser honrado. Líbrame, Jesús.
        - Del deseo de ser aplaudido. Líbrame, Jesús.
        - Del deseo de ser preferido a otros. Líbrame, Jesús.
        - Del deseo de ser consultado. Líbrame, Jesús.
        - Del deseo de ser aceptado. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser humillado. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser despreciado. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser reprendido. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser calumniado. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser olvidado. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser puesto en ridículo. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser injuriado. Líbrame, Jesús.
        - Del temor de ser juzgado con malicia. Líbrame, Jesús.
        - Que otros sean más estimados que yo. Líbrame, Jesús.
        - Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse.   Jesús, dame la gracia de desearlo.
        - Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
        - Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.
        - Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
        - Que los demás sean más santos que yo con tal de que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Oh Jesús, que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio, concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que, humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la Tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de Ti en el Cielo. Amén.
Autor: Siervo de Dios cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930)

lunes, 1 de agosto de 2011

IGNACIO


Examinad si los espíritus provienen de Dios
De los Hechos de san Ignacio recibidos
por Luis Gonçalves de Cámara de labios del mismo santo.
Cap. 1,5-9: Acta Sanctorum Iulii 7
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tiene por título Flos sanctórum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.
Fuente: Oficio de lectura. Fiesta de San Ignacio de Loyola.
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