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lunes, 29 de abril de 2013

Perfecto.




Si la caridad fuera practicada con generosidad en todas partes, ya no habría necesidad de leyes, de tribunales, de castigos, de penas u otras medidas semejantes. 
Si reinara un amor recíproco entre todos, ninguno haría mal al otro, ya no existirían homicidios, guerras, pleitos; los robos y la avaricia desaparecerían; ya no existiría algún mal. 
Lo que es admirable en la caridad es que nunca trae consecuencias funestas. 
La pobreza muchas veces puede estar unida al orgullo; la elocuencia no siempre resiste a la fascinación de la vanidad; la humildad suscita algunas veces en el corazón de quien la practica una complacencia no siempre ajena a la vanagloria. 
No así con la caridad. ¿Se puede alimentar un sentimiento de superioridad en relación a quien se ama? Denme a alguien que de verdad ame a los hombres con un amor universal; o más bien, tomemos si queréis, dos hombres que se amen recíprocamente como se debe amar, y les podré decir cuál es la fuerza de la caridad. El hombre que ama santamente tendrá el cielo sobre la tierra, en todas partes gozará de una paz segura y se preparará a una gloriosa recompensa. En verdad, sólo es grande quien posee la caridad. (San Juan Crisóstomo)

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