Si la caridad fuera practicada
con generosidad en todas partes, ya no habría necesidad de leyes, de
tribunales, de castigos, de penas u otras medidas semejantes.
Si reinara un
amor recíproco entre todos, ninguno haría mal al otro, ya no existirían homicidios,
guerras, pleitos; los robos y la avaricia desaparecerían; ya no existiría algún
mal.
Lo que es admirable en la caridad es que nunca trae consecuencias
funestas.
La pobreza muchas veces puede estar unida al orgullo; la elocuencia
no siempre resiste a la fascinación de la vanidad; la humildad suscita algunas
veces en el corazón de quien la practica una complacencia no siempre ajena a la
vanagloria.
No así con la caridad. ¿Se puede alimentar un sentimiento de
superioridad en relación a quien se ama? Denme a alguien que de verdad ame a
los hombres con un amor universal; o más bien, tomemos si queréis, dos hombres
que se amen recíprocamente como se debe amar, y les podré decir cuál es la
fuerza de la caridad. El hombre que ama santamente tendrá el cielo sobre la
tierra, en todas partes gozará de una paz segura y se preparará a una gloriosa
recompensa. En verdad, sólo es grande quien posee la caridad. (San Juan
Crisóstomo)

